La oposición en medio del Comando Jungla

Por Eduardo Vergara B., director de LabSeguridad.org

El Gobierno chileno logró importar lo peor de Colombia: La política de militarización de la seguridad que fracasó por 50 años en un conflicto armado que solo llegó a su fin gracias al diálogo y no las balas. Pero la retórica de guerra instalada como marco para enfrentar los problemas de seguridad en nuestro país no se quedó solo en la creación política del Comando Jungla. En octubre de este año, se dio inicio a la institucionalización de una Fuerza de Tarea Conjuntaentre policías y militares en el norte de Chile. En ese momento, el mismo presidente anunció que este modelo se expandiría a otras Macro Zonas, incluida la sur, donde está La Araucanía. No bastaba con solo replicar lo peor de Colombia, sino que también los fracasos ya demostrados en México y Brasil. La razón es simple, a pesar de lo absurdo que parezca, genera altos beneficios electorales y ayuda a mantener la popularidad en alza. Muchos anticipamos que todas estas acciones aumentarían de manera transversal los niveles de violencia y afectarían de manera negativa la seguridad.

En medio de esta guerra inventada, solo cuando se supo que efectivos de Carabineros encubrieron evidencia en el asesinato de Catrillanca, el ejecutivo comunicó que el Comando Jungla fue prácticamente solo una puesta en escena comunicacional. El entrenamiento recibido por este comando no difería de lo que desde el 2007 venía recibiendo Carabineros. En consecuencia, lo que se importó fue la retórica y el espectáculo de la guerra con el fin mezquino de generar réditos políticos.

Camilo Catrillanca, de 24 años, perdió su vida en manos del Estado. El más complejo problema político y social que acarrea Chile en su historia ha llegado a un punto donde a juzgar por la reacción defensiva del Gobierno y la escalada de violencia a lo largo del país, nos permite asegurar que seguirá creciendo. Es aquí, donde en medio de esto, la oposición reaccionó alzando la voz, pidiendo explicaciones, cabezas y dio inicio al simbólico e irrelevante camino burocrático de las interpelaciones como forma de identificar y crucificar responsables. Los parlamentarios podrán seguir adecuando las propuestas del Gobierno, interpelando ministros, rechazando el presupuesto, buscando el empate, solicitando renuncias y escribiendo una serie de mensajes combativo-simbólicos en redes sociales y proyectos de acuerdo. Incluso es posible que se logren renuncias de alto nivel que se pueden transformar en trofeos políticos.

Lamentablemente, todo seguirá igual. No hay luces de que el conflicto en La Araucanía terminará, y peor aún, de que la lógica ciega de mano dura y castigo a los más débiles como trofeo de guerra cesará. Los sectores conservadores seguirán e incluso radicalizarán la retórica de dividir entre quienes están con la seguridad o con la delincuencia. Usando este lenguaje que genera divisiones, impiden que la seguridad se transforme en un tema de estado y en consecuencia evitan perder el monopolio sobre este tema y que tantos retornos electorales les genera. Para romper esta dinámica, necesitamos que de una vez por toda se levanten liderazgos políticos que atrevidamente se despojen del miedo y la culpa, para abordar con determinación los problemas de seguridad y convivencia en el país.

La oposición política tiene una responsabilidad ineludible, la de dejar de ser un cómplice pasivo de la mano dura y la militarización de las prácticas policiales. No cabe duda de que el debate de control civil sobre las policías es fundamental, tal como lo son una serie de debates técnicos que se han evadido por décadas. Sin embargo, como punto de partida, lo que urge, es la elaboración de una visión política sobre lo que significa vivir en una sociedad segura y justa, centrada en la igualdad, el bienestar y la convivencia, que de nacimiento a una propuesta país sobre el como las políticas de seguridad deben ser efectivas en la prevención, proporcionales en el legitimo uso de la fuerza cuando sea necesario y que logre recuperar la confianza generando mayor reconciliación e igualdad social en vez de más violencia a costa de la profundización de las desigualdades.

Esta es una razón tan poderosa como lo fue unirse contra la dictadura. La oposición completa debe unirse en un proceso que permita elaborar una propuesta y compromiso de como abordaremos los desafíos de seguridad y convivencia para todo el territorio nacional. De lo contrario quienes hoy siguen respaldando a ciegas y por conveniencia propia el actuar de Carabineros, defendiendo al Comando Jungla y justificando los “balazos”, volverán a La Moneda en el 2022. La complicidad pasiva nos hace a todos responsables, especialmente si después de la violencia de estado, la muerte y las responsabilidades políticas, volvemos, cobardemente, a escondernos bajo tierra y permitir que la invención de guerras continúe.

Publicada en La Tercera

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