Aprender a vivir con drogas

Aprender a vivir con drogas

Por Eduardo Vergara B. Director del Laboratorio de Seguridad.

¿Realmente no hemos aprendido nada? Esta es la primera pregunta que nos debemos hacer cuando recaemos en el debate sobre consumo de drogas entre escolares. Vivimos en una sociedad adicta al prohibicionismo, donde esperar que nuestros niños digan que no a las drogas como resultado del miedo, ha sido un fracaso. Hoy vivimos en el país con mayor consumo de marihuana en el continente entre la población escolar. Para peor, la percepción de riesgo frente al uso experimental y frecuente de marihuana ha llegado a los niveles más bajos desde el año 2000, con un 28% y 64% respectivamente.

Desde las regresivas y cavernarias campañas “Vuelve a ser inteligente” del CONACE hasta la obsesión por el tratamiento que ha dejado de lado la prioridad por la educación y prevención en el hoy SENDA, el legado de las políticas de drogas en Chile es desastroso. Un país con debates tan vanguardistas en otras áreas, ha evadido tener una conversación seria, sensata y pragmática sobre las drogas. Como si esto no fuera suficiente, al más estilo del ex presidente Richard Nixon, el gobierno nos anuncia un “combate” a las drogas. Nuestra realidad es bastante triste.

Es en este contexto que la obligatoriedad a establecimientos educacionales de contar con un protocolo sobre drogas abre una gran oportunidad si esta se asume con un grado de rebeldía responsable. Si los colegios siguen haciéndole caso a los manuales institucionales fundamentados en lógicas fracasadas y métodos añejos, no solo el consumo entre escolares seguirá aumentando, sino que el problema relacionado con las drogas y la ilegalidad a nivel general también. Quienes seguirán pagando los costos serán los mismos de siempre: los más jóvenes, mujeres y quienes menos tienen.

En primer lugar, cada establecimiento tiene la necesidad de identificar sus desafíos y problemas asociados con las drogas en base a una matriz de problemática social, no delictual. La desigualdad también aplica cuando hablamos de uso de drogas. Dime dónde queda tu colegio, si es público o no, y te diré qué calidad tienen las drogas que se usan, las posibilidades que los niños tendrán de ser criminalizados e incluso la calidad y cantidad de redes de apoyo con que contarán frente a un eventual uso problemático.

Lo segundo, debemos hablar con la verdad. Quienes creen que asustando a los niños estos dejarán de usar drogas, y que prohibiendo terminaremos con el problema, deben ser jubilados. La verdad pasa por abordar con la correcta proporción los efectos y daños de cada droga, transparentar riesgos sin caer en caricaturas y enfrentar el problema como un fenómeno que en casos será inevitable. Nos guste o no, los asustemos o no, un fragmento de ellos tendrá un acercamiento a las drogas más temprano que tarde y muchos las usarán. Lo relevante es cósmo llegan preparados para enfrentar ese momento con capacidades de auto control y herramientas de reducción de daños. Es irresponsable seguir soñando con un utópico mundo libre de drogas. Debemos entregarles herramientas para que puedan convivir en un mundo donde las drogas están presentes. Sin duda que preferiríamos que no las usen, pero asumir eso como una realidad es seguir haciéndonos trampa a nosotros mismos.

Por último y tal vez lo más importante, es abordar el desafío de quienes presentan usos problemáticos, adicciones y/o viven en entornos familiares y sociales de tráfico, con compasión. Estos círculos regularmente responden a costumbres y prácticas heredadas, en muchos casos bajo lógicas de sobrevivencia. No es casualidad que cerca del 50% de las mujeres en la cárcel, las madres de estos niños, estén ahí por delitos asociados a drogas y sobre el 80% por cometer delitos asociados a la generación de ingresos. Enfrentar estos fenómenos con control y particularmente con presencia policial ha demostrado ser peor. Una vez que un niño es perseguido, controlado y castigado, es empujado a un ciclo del cual puede no salir por 40 o 50 años.

Para aprovechar esta oportunidad, es necesario avanzar con rebeldía y responsabilidad. De una vez por todas mirar los ejemplos que han dado resultados, dejar trabas morales y tabúes ideológicos de lado, hablar con sensatez y, sobre todo, con la madurez suficiente para enfrentar una problemática optando por el camino más difícil, pero a la vez más humano y genuino: enseñarle a nuestros niños como crecer y convivir en un mundo con drogas.

Columna también publicada en Diario La Tercera, Chile.

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